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LA FOTO
Al pana Esso Álvarez
Antes de partir coincidieron en un parque. Las palomas los rodearon con una algarabía que él consideró extraña. Guardó silencio para no abrumar con supersticiones el encuentro. Ella se dio la oportunidad de una sonrisa; la tristeza se le apelotonaba en la garganta. Caminaron diciéndose esas cosas combinadas por el momento y la intimidad. Las guerras son así: condicionan los amores al mito irremediable. Se tomaron de la mano. Dieron vueltas alrededor de una estatua silenciada por el tiempo y por los libros de texto. Juntaron sus ojos en un beso alargado por las angustias de la despedida y se hicieron las fotos.
Gordo, de mostacho desordenado, pequeño sombrero de pajilla y ojillos vivaces, de cámara colgando en el cuello como una cadena antigua, el fotógrafo les había sugerido la oferta; no tuvieron ni tiempo ni ganas de rechazarla. «¿Qué tal si se ponen cerca de la estatua?»: decía el hombre con la cámara en la mano, llevándolos de aquí para allá como a niños de preescolar. Fueron cuatro rúbricas: dos donde aparecían juntos, una donde ella se mostraba seria y otra donde él parecía aguardar el fin del mundo. Las muestras finales no les dieron el gusto que se llevó el fotógrafo al contar la paga por el servicio.
En el avión, miraba la foto que escogió: ella muy seria, sentada en el banco de una plaza. La guardó en la billetera, después de humedecerla con el aliento y los labios. Luego la soñó antes de hacer escala en Madrid: ella revolvía sobre un pequeño caldero la fritura de un perico abundante, utilizando un cucharón de madera, mientras se asaban dos arepas de redondez perfecta. Despertó cuando iba a tomar su parte y dio un golpe sobre el pasamanos del asiento que provocó el soslayo de la azafata. Durante la cena o el desayuno (esas categorías ya las había perdido de su tiempo particular) creyó escucharla en la risa de una mujer morena de dientes aconejados que le pareció andaluza. A su soledad en la mesa, le parecían chocantes aquellas carcajadas. Caminó por inercia a través del aeropuerto; miró la muñequería de una tienda y pensó en un regalo de vuelta. Casi juraba no olvidarla jamás y alguna humedad le llegó a inundar el borde de los párpados.
Entre la sordidez de la base militar logró retener algo de la calma traída con el viaje. Le costó: la tensión del conflicto se respiraba en cada molécula de oxígeno. Explicó al jefe su propósito (un coronel tan rubio que a veces se perdía entre la luz del día); hicieron un plan escueto pero preciso, sin miramientos y de ascética seguridad. Trepó a un helicóptero de doble hélice, entre soldados con rostros rayados a tajos de betún. Iban delatando la proximidad de la muerte sobre ausencias de palabras.
Cayeron contra un descampado nuboso. El animal del aire se fue con sus hierros hacia las nubes como si fuera de papel; no habían sido importunados por la artillería enemiga. Patearon varias horas hasta donde los enemigos aún no se atrevían. La naturaleza desconocida es más feroz. La montaña es un monstruo abominable cuando nos espera un enfrentamiento. No daban tregua la sed, los insectos voraces, el cansancio ni el sol exprimiendo las horas en minutos interminables. Aunque andaba vestido diferente y llevaba en un lugar visible el distintivo de periodista, sentía la complicidad de la soldadesca y su alegría frente a la muerte. Al bajar las tensiones, tomó las fotos iniciales con lo más relajado del batallón. Avanzaron durante tres días más, consumiendo el bastimento a succiones milimétricas. La madrugada del cuarto día fue un zarpazo de balas y explosiones. El campamento se encontró de sorpresa con fuego de toda intensidad. Pudo confundir los sucesos con el fin del milenio. Se agazapó en el primer pedazo de trinchera hallado. Esperó la claridad para mirar los primeros planos y el horror lo abatió. La guerra se le transformó en nausea poderosa. Jamás imaginó tan de su pertenencia el efecto de la sangre, los cuerpos cercenados, los gritos, los gemidos, las lágrimas, aplastados por el lente de la cámara. El ojo se le saturaba de muerte y dolor. Tremendo el caos. Tremenda la resistencia sobre la carga enemiga. Tremenda la decisión oficial de retirarse, de pedir refuerzos, de mandar todo a la puta madre que los parió. Huyó al atajo sin dejar de activar la cámara, jalado por un pequeño comando de expertos. Trató de recordar los insumos de un curso de sobre vivencia, al sospechar la necesidad de usarlos en los siguientes días o meses (¿Quién podría saberlo?). Llegaron los refuerzos por aire y tierra. La contraofensiva fue brutal; tan avasallante que necesitó dos horas en un carro de tracción para adentrarse en el avance obtenido por el ejército. Rubricó pueblos arrasados, miles de civiles muertos, niños y niñas llorando a desconsuelo abierto con los rostros ahumados, casas fantasmadas de tanto agujero infame y mortífero; llenó el obturador con la lenta huella de los desplazados, llevando sus retazos de pueblo a cuestas, viajando hacia la parte más desdichada de la vida, esparciendo en el aire la molicie de sus rostros sudando purgatorios, con la harapienta tristeza cuajada en una derrota sin combate. Hizo proceso durante días enteros con el montón de rollos fotográficos.
Al acostarse por primera vez en varias lunas, recordó que tenía cuerpo, que los ojos servían para algo más que mirar el horror construido por siglos de una agresión contra otra (maldijo la lanza, la macana, el fusil y la bomba atómica) bendijo sus manos por no cargar sobre las intenciones el arma para aniquilar a otro, a sus dedos por no apretar el mortífero botón de algún cohete que destruiría a un pueblo entero; se bendijo el sueño por apegarse a la imagen de una mujer perdida en un lugar tan distante y apacible, como el pedazo de momento en que postergaba la mirada hasta un siguiente día de humos, espetos y noticias.
A los editores de la revista llegó su comunicación, en una tarde donde la niebla coqueteaba con las ventanas. Era un mail con muy poco espacio para la expectativa creada por el conflicto. El encabezado iba redactado en forma demasiado simple. El director pensó en su pésima forma de escribir: «¿Qué bueno que escogió el lente de una cámara y no las teclas!». El mensaje estaba lleno de amarguras, esperanzas, sobresaltos y retos. En algunas líneas hablaba hermosuras de la humanidad y en las otras maldecía a la raza por los desastres causados. Prometía enviar todo el material fotográfico en pocas horas y ofrecía a la redacción una foto por adelantado. —¿Qué bolas tiene!— Gritó el director en plena oficina— ¿Qué vamos a hacer nosotros con la foto de una mujer sentada en el banco de una plaza?
Oscar Rodríguez Pérez
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